¿Demasiada emoción y poco producto?

Las marcas se han centrado tanto en tocar la fibra sensible de sus clientes que se están olvidando de lo que verdaderamente están vendiendo

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Demasiada Emoción Poco Producto

La relación entre clientes y marcas ha ido evolucionando. Hace tiempo los consumidores valoraban unas cuestiones que ahora son insignificantes para ellos. Hoy en día los consumidores quieren que las marcas se relacionen más con ellos de una manera mucho más cercana y personal. No solo quieren crear vínculos emocionales con la marca sino también con el propio producto.  Por esta razón, últimamente, de lo que más se habla en tema de marketing es de marcas con valores y motivaciones. En poco tiempo esta tendencia ha alcanzado a la mayoría de las empresas que hoy son un poco más lacrimógenas (o al menos lo son sus promociones).

Está claro que estas compañías se han subido al barco de lo emocional porque los expertos dicen que es lo que funciona y lo que quieren los clientes pero parece que estas se están centrando tanto en estos valores que se están olvidando de lo que realmente les interesa, mostrar su producto y venderlo.

Tampoco es bueno que ahora todas las marcas se lancen en masa a por las emociones porque esto tiene un efecto totalmente contrario ya que acaba por sobresaturar a sus clientes.

Las emociones están bien, pero en exceso no son tan buenas como parecen

Ahora todas las marcas tienen un poso emotivo. Tratan de crear empatía y una conexión emocional con el consumidor. Da igual el producto que quieran vender, las historias emocionantes ya están por todas partes, es como una plaga.

Al final la sobreexplotación de este recurso va a acabar por cansar a los consumidores y el poder de las emociones acabará lastrado.

Tanta emoción hace a las marcas olvidarse de vender el producto

No hay que perder de vista que, por muy emocionante que sea la publicidad, la historia no deja de ser un cebo que intenta convencer a los clientes de que compren un producto.

Las marcas no deben olvidar que esas historias tienen un fin: vender un producto y por tanto,  ese producto no puede quedar desdibujado entre tanta emoción. El cliente puede acabar perdiéndolo de vista abrumado entre tanto sentimiento porque el producto, es, al fin y al cabo, lo que la marca vende, y la emoción, un camino para conseguirlo.

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